Los tormentos de un viaje tan largo

Todos sabemos que los vuelos largos son un tormento, y no me refiero a esos vuelos Volaris que duran dos o tres horas, sino a aquellas travesías que duran más de diez, incluso quince o peor aún, cuando tienes que transbordar y esperar de tres a cinco horas en el aeropuerto para realizar otro viaje eterno.

Esto me pasó a mi cuando viajé a Japón con escala en Canadá. El vuelo dura 18 horas, ¡18 horas! Sin contar las utilizadas en la sala de espera del aeropuerto de Canadá. La verdad es que son viajes muy, muy pesados, pero cuando llegas a tu destino toda esa agonía se te olvida, pero en el momento, ya que llevas dentro del avión unas ocho horas, lo que quieres hacer es abrir la ventana y aventarte sin importar dónde caigas.

Empezaré con la larga espera antes de tomar el primer avión, el que me llevaría a Vancouver.  Con el registro de maletas y todo lo que se hace adentro antes de abordar, forman un total de cinco horas. Después me subí al avión, acomodé el equipaje pequeño, me senté con toda la adrenalina por delante y cuando se dignó a despegar pasó una hora, y estoy siendo moderada.

De México a Vancouver fueron seis horas, las cuales dormí unas dos porque mi avión había salido muy temprano y cuando desayuné y vi una película, me di cuenta de que aún faltaban tres horas para llegar. Me retorcí las manos ¡ahora qué hacía! Pues a ver otra película. Al llegar a Canadá pude descansar de estar sentada seis horas sin hacer nada, ahora sólo tenía que esperar tres horas ya que me hacían falta unas trece más. Y ¿qué haces en tres horas en un aeropuerto? Pues caminar, ver las tiendas, comer o comprar algo, estirar las piernas porque lo bueno apenas empieza.

Y cuando por fin subí al avión hacia Japón, al tocar el asiento, quise bajarme inmediatamente. Las butacas son súper incomodas, pequeñas, estrechas y como uno es pobre y sin el lujo de pagar por una clase más cómoda, debo aguantarme e intentar dormir aunque sea unas dos horas porque no se puede descansar más.

Después de otra hora, el avión despegó, ¿y ahora? Pues a dormir otro poco. Unas cuatro horas después te levantas para comer y para ver alguna película. Cuando haces el conteo ya pasaron siete horas, te faltan seis, seis horas y no tienes ni la más remota idea de cómo llenarlas. Las pompis ya te duelen, las piernas se te duermen, la coxis te incomoda y ves a tu alrededor y todos tienen la misma cara que tú de ¡por favor, ya bájenme!

Un libro podría ser una buena opción, pero después de media hora te cansas ¡y eso que amo leer!, escribir también aunque en ese momento, a tanta altura y con la espalda destrozada, nada se te ocurre. Tal vez jugar con alguna consola portátil…si el juego es bueno, éste te puede dar una hora de ganancia, si no…pues ya valió y te pones a ver otra película mientras crees que jamás podrás ponerte de pie otra vez.

Las tortuosas horas pasaron y al fin llegué a mi destino, pero ahí no acabó todo. Son dos horas de aduana, maletas y todo ese desastre y otras dos para llegar de Narita a Tokyo. Después una más para llegar al hotel y ahora ya puedes ser feliz.

Entonces, si hacemos el conteo, en total me hice 34 horas de México a Japón ¡Qué miedo! Pero si algo he de confesar, es que lo volvería a hacer las veces que sean, ya que el placer de ver el país después de llorar en el avión, no te lo otorga nada más que un viaje largo y tortuoso.